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Opinión

Llenar el depósito vuelve a doler: cuando conducir empieza a convertirse en un lujo

El precio al alza de la gasolina
21 de septiembre de 2026 · 5 min de lectura · Nº 3

El automóvil sigue siendo imprescindible para millones de españoles, pero el coste de utilizarlo amenaza cada vez más su libertad.

Conductor repostando gasolina al atardecer en una estación de servicio

Hubo un momento, durante la pandemia, en el que las carreteras quedaron prácticamente vacías y los precios de los carburantes se desplomaron. Era una situación excepcional, provocada por una crisis también excepcional, pero muchos conductores descubrieron entonces algo que hoy parece casi olvidado: desplazarse en coche podía costar bastante menos. Aquella gasolina barata duró poco. La normalidad regresó, la demanda aumentó, llegaron nuevas tensiones energéticas y el precio de llenar el depósito volvió a convertirse en una preocupación habitual.

Hoy, años después de aquellos meses extraños de 2020, el automóvil se encuentra ante una contradicción difícil de resolver. Nunca habíamos hablado tanto de eficiencia, electrificación, reducción de emisiones y nuevas tecnologías y, al mismo tiempo, nunca había sido tan necesario mirar con atención cuánto cuesta realmente utilizar un coche. Porque comprar un automóvil es una decisión importante, pero mantenerlo y alimentarlo durante años puede convertirse en una factura mucho más relevante.

El surtidor se ha convertido en el termómetro

La gasolina es probablemente el ejemplo más visible. Cuando el conductor llega a una estación de servicio y observa que el litro se aproxima a los dos euros, la sensación es inmediata. No hace falta entender los mercados internacionales del petróleo, conocer la cotización del barril o analizar los impuestos para comprender lo que está ocurriendo: basta con mirar el importe final que aparece en la pantalla del surtidor.

Y aquí es donde creo que deberíamos cambiar la manera de hablar del automóvil. Durante demasiados años hemos puesto el foco en el precio de compra, en los caballos, en el equipamiento o en la pantalla multimedia. Todos son factores importantes, pero existe otro dato que debería ocupar un lugar mucho más destacado: cuánto cuesta realmente conducir ese coche cada año.

Porque un depósito de 60 litros puede parecer una cifra asumible cuando se contempla de manera aislada. El problema aparece cuando multiplicamos. Si el conductor utiliza el coche diariamente, cada repostaje se suma al siguiente. Una semana, otra, un mes, otro mes y finalmente doce meses. Lo que inicialmente parecía un gasto puntual termina convertido en una partida fija del presupuesto familiar.

No todos pueden dejar el coche en casa

Y no todos los conductores tienen la posibilidad de dejar el coche en casa. Esa es una realidad que a veces olvidamos cuando hablamos de movilidad. Para quien vive en una gran ciudad y dispone de metro, autobús o tren cerca de su domicilio, abandonar el automóvil puede ser una alternativa razonable. Para quien vive en una localidad pequeña, trabaja en un polígono industrial, necesita desplazarse entre municipios o lleva diariamente a sus hijos de un lugar a otro, la situación es completamente diferente.

El coche continúa siendo una herramienta de trabajo, de organización familiar y, en muchos casos, de libertad personal. Por eso resulta demasiado sencillo decir que quien considera caro repostar debería utilizar menos el automóvil. La realidad es bastante más compleja.

También deberíamos mirar hacia el propio mercado del automóvil. Durante años se ha presentado la eficiencia como una de las grandes respuestas al encarecimiento de los carburantes. Y es cierto. Un coche que consume menos litros cada 100 kilómetros permite reducir considerablemente el gasto. Los híbridos han demostrado que pueden ser especialmente interesantes para determinados perfiles de utilización, mientras que los eléctricos ofrecen un coste energético por kilómetro diferente cuando se pueden cargar en casa.

Pero tampoco existe una solución universal. Un vehículo eléctrico puede resultar muy atractivo para quien dispone de garaje y cargador doméstico, pero no necesariamente ofrece las mismas ventajas para quien vive en un piso sin posibilidad de instalar un punto de carga. Un híbrido puede funcionar extraordinariamente bien en ciudad y un diésel seguir teniendo sentido para determinados conductores que recorren muchos kilómetros por carretera. La elección debería depender del uso real y no de las modas.

La tecnología no puede ser la única respuesta

Aquí está, precisamente, una de las grandes responsabilidades que tenemos los medios especializados. No deberíamos limitarnos a contar qué coche acelera más rápido, cuál tiene la pantalla más grande o qué modelo acaba de llegar al mercado. Nuestra obligación también consiste en explicar cuánto cuesta realmente tener un automóvil, cuánto consume, cuánto cuesta mantenerlo y qué tecnología puede resultar más adecuada para cada conductor.

Comprar un coche por impulso puede ser sencillo. Mantener una decisión equivocada durante cinco, seis o diez años puede ser mucho más caro.

Y tampoco debemos olvidar que el precio del combustible no es el único gasto. Seguro, mantenimiento, neumáticos, impuestos, ITV, aparcamiento, averías, financiación y depreciación forman parte de una cuenta que muchos compradores no realizan antes de firmar. El combustible es solamente la parte más visible de una factura mucho mayor.

Por eso me parece necesario recuperar una idea que debería estar presente cada vez que hablamos de coches: el mejor automóvil no es necesariamente el más barato ni el más tecnológico, sino el que encaja económicamente con la vida de quien lo compra.

El coche que necesitamos, no el que está de moda

En un momento en el que los fabricantes compiten por ofrecer más potencia, más autonomía, más tecnología y más equipamiento, el consumidor debería hacer una pregunta mucho más sencilla: ¿cuánto me va a costar utilizarlo durante los próximos años? La respuesta puede cambiar completamente una decisión de compra.

La gasolina barata de 2020 fue una excepción provocada por unas circunstancias extraordinarias. No podemos construir nuestra movilidad esperando que vuelva aquel escenario. Lo que sí podemos hacer es aprender de lo ocurrido y exigir coches más eficientes, información más transparente y decisiones de compra basadas en el coste total de utilización.

Porque conducir seguirá siendo necesario para millones de personas. El automóvil seguirá siendo una herramienta imprescindible para trabajar, viajar y vivir. Pero eso no significa que debamos aceptar sin más que cada visita a la gasolinera se convierta en un pequeño susto.

El futuro del automóvil no debería medirse únicamente por los kilómetros que puede recorrer un coche, sino también por cuánto cuesta recorrerlos.

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